Mi historia comenzó una mañana en que mis señores estaban en sus respectivos trabajos, y yo debía limpiar todo el piso. Pero esa mañana estaba más intrigada que nunca por las encerronas de ambos en la sala después de las comidas. Y como mi señor a veces llevaba una de esas revistas que lleva todo el mundo. De esas que con ver la portada, ya se sabe lo que hay dentro. Supuse que debían estar escondidas en el fondo de algún cajón, y me dediqué a buscarlas.

Así fue, había un montón, todas juntas. Cogí un par y me senté a mirarlas. En la primera había una tía impresionante (una sabe cuándo otra mujer está buena). En la primer hoja aparecía la misma, pero desabrochando los pantalones de un tío. Luego sacaba un enorme miembro y le pasaba la lengua por la punta. La verdad es que me acojoné, pues no había visto ninguno hasta ese momento, salvo las calenturas con el Pepe, allá en el pueblo, pero que nunca llegó a sacarla del todo. De todas formas, por el bulto que hacía, ni mucho menos medía lo que esa de la revista. Me resistía a creer que fuera normal, y que eso le entrara a una mujer normal.

Más adelante, se veía cómo se la metía en la boca, para luego estirarse en la mesa, dejando el chocho rapado (se lo había afeitado la guarra) en el aire y las piernas apoyadas sobre una silla. El se puso, en la foto siguiente, entre sus carnosas y blancas piernas y en una secuencia de cuatro fotos, la absorbió. La deglutió con su coño dejando sólo los huevazos negros fuera. Cacho coño tenía la gachí. Como me había pasado un buen rato mirando eso, se me hacía tarde, así que las volví a dejar en su sitio y gasté las energías en limpiar, ya que me estaba entrando un picor allí abajo. Cuando acabé, me metí en el baño y me di una ducha. Pero cuando terminé, me puse frente al espejo recordando la revista. Mis tetas no tenían nada que envidiar a esa moza de las fotos, y mi cuerpo lo hubiera deseado más de un hombre.

En ese momento rogué con todas mis fuerzas que alguno me estuviera espiando, aunque fuese la señora, quien era muy amable conmigo y me trataba con mucho cariño. Pero no fue así, sólo mis dedos se ocupaban de mi transpirado chochito. Con la otra mano le daba lo suyo a mis pezones que ya estaban morados de la paliza cuando ese picor y temblor recorría todo mi cuerpo. Esperé a los señores para ver si después de comer se encerraban, pero una llamada telefónica  hizo salir a mi señor disparado.

 

…Se levantó y me abrazó, apoyando todo ese

“cacho carne” que se le ponía tieso en mi barriga

Me arrodillé pasando la lengua por la punta del

capullo, que se le hinchó a lo bestia.

 

Nos quedamos a solas ella y yo. Luego de recoger y lavar me puse a mirar televisión con ella, y como aún me escocían los bajos me abrí un poco de piernas. Ella se dio cuenta y como estaba enfrente, miraba insistentemente hacia el interior de mi falda. Hizo lo propio con las suyas, levantando un poco la falda, y me dijo de sentarme a su lado, creyendo que me enseñaría algo de sexo, en esas…, sonó el timbre. Era una amiga que se la llevó de compras, frustrando mi debut en eso del sexo. Volví, aprovechando que estaba sola, a mirar las revistas. La que cogí entonces mostraba las relaciones de cama de dos mujeres, una de las cuales tenía unos cuarenta años, como mi señora. La otra se parecía a mi, qué casualidad.

Después de la cena, en la que mi señora me miraba de una manera rara, los señores me enviaron de prisa a dormir, eso era señal de que tendrían sesión en la sala. Me fui, pero después de ponerme el camisón, bajé por agua, deteniéndome frente a la sala y pegando el ojo en la cerradura. Allí estaban ¡Que fuerte, madre mía ¡.

La señora tenia la almeja pelada, como en la revista, y estaba sobre la mesa, imitando, mientras el señor sacaba una palanca que me pareció, al natural, más grande que en la revista. ¡Quien la pudiera tener dentro!, pero eso no me cabría a mi eso no. La señora subió las piernas y las puso sobre los hombros del señor, y éste le envainaba el bastón a golpes secos. Mientras iba entrando todo bien dentro, ella suspiraba y decía que le había contado ese mismo día una amiga que lo había probado de a tres y que era formidable, que si a él no le apetecía. Yo rogaba que dijera que si, pues me veía en medio de ambos, como en las dos revistas. En verdad que tenía ganas de las dos cosas, aunque el misterio de la tranca era más provocativo. Se consultaron luego de unos grititos sobre quien iba a despertarme, por lo que de prisa me fui a hacer la dormida.

 

Era extraño, pero me sentía en la gloria.

Mi conejo se iba ensanchando a medida

que la tranca se abría paso entre mis

carnes, Por fin me entró toda.

 

Todo a oscuras, yo estaba tapada con la sábana pero desnuda debajo, no vaya a ser cosa de que se arrepientan. Sentí descorrer las sábanas lentamente con suavidad. Que mis muslos eran acariciados hasta la entrepierna, luego se ocuparon ambas manos de mis pechos, y fue cuando escuché la voz de mi amita que me decía cosas suaves al oído: “Vamos putita mía, despierta que me quiero vengar de cómo me pusiste de cachonda esta tarde. Vas a sentir lo que yo sentía cuando te veía desnuda en el baño. Abre esa boquita que te meteré la lengua hasta la garganta”. Y efectivamente posó sus labios sobre los míos, y su lengua se introdujo acariciando con ella todo el interior de mi paladar.

Cuando me supo despierta, lamentó no poder quedarse a solas conmigo, pero sonriendo entre dientes comentó que la tarde siguiente nos quedaríamos solas y llegaría nuestro momento. Me acerqué a ella como lo hacía una de la revista y le clavé las uñas en una teta. Se retorció, pero le gustaba, dijo que no me conocía de ese modo.

Bajamos a la sala, donde estaba en pelotas y bebiendo el señor. Me acerqué tímidamente a él, quien se levantó y me abrazó apoyando todo ese cacho carne que se ponía tieso en mi barriga. Me arrodillé y le pasé la lengua por el capullo, allí se puso a reventar. Hizo que me pusiera en la mesa, -y dale con la pose…-, y mientras ella por detrás me aguantaba las piernas en alto, él me hacía daño traspasando las carnes con el cipote. Era extraño, me sentía en la gloria, mi conejo se iba abriendo a medida que la tranca se abría paso. Hasta que me entró toda. Ella me besaba las tetas y me devolvía el pellizco. Luego acercó su coño pelado a mi boca y se abrió de patas, hundiendo mi cabeza para que se lo chupara. Eran demasiadas sensaciones juntas para un día, porque la cabeza me daba vueltas y me corrí un rato largo mientras el señor sacaba la vergota y soltaba un chorro de leche espesa sobre mi barriga y mis tetas. Para luego ensañarse ambos con la leche y esparcirla por mi piel mientras ella chupaba lo que podía.

Esa noche dormí como un tronco, y al otro día, por la tarde, comenzamos las sesiones con la señora. A partir de ese día, lo hacemos casi todos los días. Por cierto  el otro día, la señora me prometió que trataría de convencer al señor para meter a otro tío en la juerga.