El descubrimiento del switch

Un viaje de autoconocimiento más allá de ser solo Dom o Sum en el BDSM

Lo decía con la misma seguridad con la que otros afirman su color favorito o el equipo de fútbol al que siguen desde la infancia. Era parte de mi identidad: yo era el que guiaba, el que marcaba el ritmo, el que proponía el juego. Y durante años, esa certeza me dio calma. Encajaba con mi carácter firme, con mi necesidad de ordenar, con la tranquilidad que me producía sentir que las riendas estaban en mis manos.

Pero la vida enseña que ninguna certeza es absoluta: lo que creemos firme puede ser solo una parte del todo, y abrirnos a descubrirlo es tan desafiante como liberador.

También había otra razón: nunca me gustó el dolor. En mi cabeza, ser sumiso estaba ligado a recibirlo. Y como yo no lo disfrutaba, concluí de manera automática que no era mi lugar. Si me preguntaban, respondía sin dudar: soy dom. Y punto.

Lo curioso es que, con el tiempo, entendí que reducir el BDSM a golpes, marcas o látigos era una visión incompleta, casi infantil. Como dominante descubrí que existían infinidad de maneras de relacionarse más allá del dolor físico: protocolos que convertían lo cotidiano en ritual, juegos psicológicos que tejían complicidades invisibles, actos de servicio que hablaban de entrega sincera, posturas que no dolían pero ordenaban el cuerpo y la mente. El poder, me di cuenta, no siempre se mide en cicatrices, sino en la confianza y la comunicación que se construyen entre dos personas. Y esa lección me acompañó durante años.

«Siempre pensé que era un dominante.»

Por eso nunca dudé. Yo era dom. Mi forma de estar en el juego estaba definida, clara y sin fisuras. Hasta que apareció ella.

No fue un flechazo en el sentido clásico. No hubo un instante cinematográfico en el que todo cambió. Más bien fue un proceso lento, casi silencioso. Ella era dominante, y lo dejaba claro sin necesidad de levantar la voz. Lo transmitía en la forma de mirar, en la seguridad de sus gestos, en esa calma que tienen quienes saben exactamente quiénes son.

Al principio me limité a observarla con curiosidad, como quien reconoce en otro un espejo invertido. Pero poco a poco esa curiosidad se transformó en otra cosa. Una chispa. Una pregunta que no había querido formularme nunca: ¿y si me dejo llevar?

La primera vez que cedí no hubo látigos ni cadenas. Fue algo mucho más simple: aceptar que no era yo quien decidía. Y en esa renuncia inesperada encontré una libertad que jamás había imaginado. Me descubrí confiando, descansando en sus manos, en su dirección.

Me sorprendí disfrutando de un lugar que había rechazado durante tanto tiempo, convencido de que no era para mí.

«La verdadera fuerza de la sumisión está en la valentía de confiar.»

A veces creemos que entregarnos nos hará perder poder, pero lo cierto es que también en la entrega se esconde una fuerza enorme: la valentía de confiar.

Ese descubrimiento fue, en cierto modo, una salida del armario. No porque dejara de ser dom —no he dejado de disfrutarlo, ni lo haré—, sino porque entendí que también podía ser sumiso. Que esa parte de mí, enterrada bajo prejuicios y miedos, tenía derecho a existir. Y, sobre todo, que vivirla no me hacía incoherente ni menos auténtico. Simplemente ampliaba mis posibilidades.

Durante mucho tiempo creí que elegir un rol era como escoger un camino de una sola dirección: si ibas hacia la derecha, no podías girar hacia la izquierda. Ahora entiendo que no se trata de elegir una sola carretera, sino de aceptar que el mapa es mucho más grande de lo que pensamos. Yo soy dom. Yo soy sumi. Y, por tanto, soy switch. No como contradicción, sino como evolución.

«La entrega no me quita poder: me enseña otra forma de usarlo.»

A veces con la misma persona, alternando caminos; otras, descubriendo que con alguien me nace un rol distinto al que muestro con los demás. Y es que en la flexibilidad hay mucha riqueza, porque cada encuentro abre posibilidades que no existirían si me obligara a ser siempre lo mismo.

Descubrirlo me ha hecho reflexionar sobre cómo nos definimos. A veces nos aferramos a una etiqueta porque creemos que nos da estabilidad, porque pensamos que la identidad tiene que ser fija y no cambiar nunca. Pero la verdad es que evolucionar no es lo mismo que cambiar de opinión. Cambiar de opinión puede sonar a error, como si lo anterior hubiera sido falso. Evolucionar, en cambio, es aprender a vivir con más matices, con más verdad. Lo que fui en el pasado sigue siendo cierto, pero ahora he sumado nuevas verdades.

«Explorar no es cambiar de opinión: es aprender a vivir con más verdad.»

He aprendido que explorar es esencial. Que lo que hoy rechazamos puede, en un contexto distinto, revelarse como un descubrimiento gozoso. Que lo importante no es la etiqueta, sino la comunicación, el conocimiento mutuo y la capacidad de inventar nuestros propios juegos. Porque no hay un manual universal: cada relación es única, y lo que vale para unos puede no servir para otros.He aprendido que explorar es esencial. Que lo que hoy rechazamos puede, en un contexto distinto, revelarse como un descubrimiento gozoso. Que lo importante no es la etiqueta, sino la comunicación, el conocimiento mutuo y la capacidad de inventar nuestros propios juegos. Porque no hay un manual universal: cada relación es única, y lo que vale para unos puede no servir para otros.He aprendido que explorar es esencial. Que lo que hoy rechazamos puede, en un contexto distinto, revelarse como un descubrimiento gozoso. Que lo importante no es la etiqueta, sino la comunicación, el conocimiento mutuo y la capacidad de inventar nuestros propios juegos. Porque no hay un manual universal: cada relación es única, y lo que vale para unos puede no servir para otros.

Me gusta pensar que el BDSM es un idioma con muchos dialectos. Algunos hablan en golpes, otros en miradas, otros en silencios. Yo creí que mi lengua materna era una sola. Ahora sé que puedo ser bilingüe. Y que en esa diversidad encuentro riqueza.

Ella —la mujer que apareció en mi vida y me mostró este lado inesperado— ha sido la llave de esa puerta. Con ella aprendí que dejarse llevar no es perder poder, sino transformarlo. Que confiar también es una forma de dominar los propios miedos. Que entregarse, cuando se hace de verdad, requiere un coraje enorme. Y que a veces el mayor acto de fuerza es permitirnos ser vulnerables.

«No siempre hay que elegir entre dominar o entregarse; a veces la riqueza está en poder habitar ambos lugares.»

Hoy, si alguien me pregunta quién soy dentro de este mundo, respondo con calma: soy switch. Y sonrío, porque sé que detrás de esa palabra hay años de certezas, un giro inesperado y un camino abierto hacia todo lo que aún está por descubrir. No necesito tenerlo todo claro; basta con estar dispuesto a explorar.

Y si algo quiero transmitir con mi experiencia es esto: no nos quedemos atrapados en lo que creemos que somos. Atrévete a experimentar, a probar, a comunicar lo que deseas y lo que temes. Porque solo así podremos evolucionar. Y evolucionar no significa renunciar a lo que fuimos, sino ampliar lo que somos.

Al final, la vida —y el juego— son eso: una oportunidad para sorprendernos, para crecer y para aceptar que lo inesperado puede ser también el lugar más auténtico donde habitar.

Publicado en la revista Nº 1073

Deja un comentario

Contenido Restringido

Este sitio web contiene información reservada exclusivamente para mayores de 18 años.