Los pasados días 11 y 13 de Octubre, tuvo lugar el polémico y esperado
Bukkake de la Monja Libertina que realizamos dentro de nuestro stand GENTE
LIBRE en el Salón Erótico de Barcelona 2012. Numerosos chicos, chicas y
otras parejas swinger, se acercaron al stand, atraídos por el morbo y la
curiosidad de presenciar y participar en un encuentro sexual que muchos no
habían visto jamás. Esperamos que les gustara y excitara lo que vivieron, y
agradecemos su participación a todos aquellos que se atrevieron a donar su
esperma a la Musa Libertina y a su amiga Henry a pesar de la atenta mirada
de tanto espectador.

El stand se abarrotó de gente ambos días. No cabía nadie más y
lamentablemente muchos tuvieron que quedarse fuera sin poder disfrutar del
espectáculo por la falta de espacio. El silencio expectante reinaba a pesar
del tumulto. Curiosidad ardiente en las miradas inquietas de todos. Muchos
presentes desconocían que era exactamente un Bukkake, o jamás habían
presenciado uno en vivo y en directo, y deseaban saciar su morbosa
curiosidad. Pronto les deleitaríamos con uno muy especial y diferente a
todos, una de nuestras Locuras Cosmoswingers.

Empezó a sonar la música que elegimos para la ocasión, rompiendo el
silencio contenido: “Mea Culpa” de Enigma. Creemos que una elección
adecuada para esta excitante “performance” religiosa. Se oyeron las
campanas de fondo y los cantos gregorianos “in crescendo”, al ritmo
sincopado de la percusión. De entre la marea de gente, surgió un sacerdote
que tiraba de una monja de exuberantes pechos, con una gruesa correa de
mascota alrededor del cuello. Se trataba de Musa Libertina, con uno de sus
disfraces más polémicos y morbosos, y su inseparable pareja, VGP en el
papel de perverso sacerdote inquisidor. Dos locos muy locos.

Como una inédita y blasfema procesión de Semana Santa, el sacerdote paseaba
lentamente a la silenciosa y cabizbaja monja frente a todos los presentes,
e incluso invitaba tanto a hombres como a  mujeres a que le tocasen las
piernas, el trasero, la entrepierna y los gruesos pechos libremente,
metiéndole mano sin reparos, aprovechando su total muestra de arrepentida
sumisión y obediencia para disfrutar del tacto de sus pecaminosas curvas y
tentadores atributos de seductora mujer. Había que reconocer que el cuerpo
de aquella pecadora era una tremenda tentación, una trampa de carne forjada
por las manos del mismísimo Diablo para la perdición de los Humanos. Sus
voluminosos pechos y su redondeado culito despertaban el incontenible deseo
de muchas manos que se extendían entre el tumulto de gente para descubrir
sus más intimos secretos. Los espectadores más descarados, incluso se
atrevían a perder sus anhelantes dedos entre las piernas de la penitente
religiosa en busca de su húmedo y ardiente sexo bajo el oscuro hábito. Allí
descubrieron el auténtico estado de la monja, a pesar de las apariencias.

A pesar de su obediente silencio y su apocada mirada perdida en el suelo,
la monja sometida estaba completamente excitada por aquella humillante
intrusión sobre la intimidad de su cuerpo en manos de todos aquellos
descarados desconocidos que la observaban ávidos de deseo. La delataba la
respiración entrecortada y acelerada que marcaba el ritmo ascendente y
descendente de sus delicioso pechos. Los osados que metían la mano entre
sus piernas por debajo de la falda, podían descubrir la verdad oculta tras
aquel hábito religioso y su dócil inmovilidad. La monja no llevaba ropa
interior que cubriera su sexo, y este, estaba ardiendo y completamente
húmedo ante la morbosa situación de ser tratada como un simple objeto
sexual bajo el control del sacerdote y expuesta a la merced de todos los
presentes si era su voluntad. La pobre monja cachonda intentaba disimular
vanamente sus ardientes y pecaminosas sensaciones con el falso rostro de
una penitente arrepentida de ser tan depravada.

El sacerdote se dio cuenta inmediatamente del estado de excitación en el
que se encontraba aquella pecadora, sin siquiera tenerla que tocar su sexo
bajo el hábito para comprobarlo. La había puesto a prueba a propósito,
otorgándole una última oportunidad de redimirse de los deseos impúdicos que
asediaban siempre su calenturienta y degenerada mente. Pero era evidente lo
extremadamente lujuriosa y pecadora que resultaba ser aquella mujer impía
que incluso tenia la osadía de excitarse con su castigo.

El enojado sacerdote la arrastró hasta la cama y la obligó a ponerse de
rodillas sobre ella para rezar pidiendo el perdón a los Cielos por su
incontrolable necesidad de placer y sus lujuriosos pensameintos. La monja,
completamente fuera de sí por el palpitante calor que torturaba todo su
cuerpo y especialmente el centro de su sexo, en vez de obedecerle, empezó a
acariciarse obscenamente a sí misma para intentar apaciguar sus deseos. Su
ardiente piel y su húmedo coño anhelaban de nuevo el contacto de todas las
manos que hacía sólo unos instantes habían estado profanando sus más
íntimos recovecos. Los voraces ojos de todos los presentes la observaban
atentamente acariciarse, desenado volver a tocarla e incluso poseerla.
Tener aquella certeza encendía aun más la lujuria desenfrenada de la monja
impenitente.

La ira del sacerdote ante tal absoluto descaro, desobediencia y perversión
indómita, estalló en su mente como una llamarada del mismísimo Averno. Sacó
su látigo y castigó a la desatada monja con una terrible lluvia de
latigazos y terribles improperios condenatorios. Para su total sorpresa, el
doloroso castigo y los insultos aun avivaban más la llama de la creciente
excitación de la pecadora que se acariciaba con mayor desenfreno. No podía
caer en su asombro ante tal perversión y desobediencia, y muy a su pesar,
tenía que reconocer que él también se estaba excitando con cada golpe de
látigo, viéndola retorcerse de placer y masturbarse como una posesa
disfrutando de la humillación y el dolor que le infringía. La polla del
sacerdote estaba completamente empalmada bajo su hábito, delatándole, muy a
su pesar.

Era evidente que aquella monja pecadora estaba irremediablemente perdida y
sentenciada a los Infiernos. Era imposible recuperar su virtud y su alma
corrompida por el sexo. Entonces… ¿por qué no disfrutar plenamente de ello?
La excitada mente del sacerdote dio rienda suelta a sus más perversas
fantasías sexuales, mientras su empalmada polla delataba sus pensamientos
abultando su hábito. Avergonzado por el estado de excitación que le había
contagiado la maldita monja con sus bochornosa actitud, miró a toda la
gente que les observaba a su alrededor. Su mirada quedó clavada en una
mujer del público, otra evidente pecadora vestida como una perra sumisa,
que se acariciaba impúdicamente imitando a la monja con su mirada rebosante
de deseo por ella. Otra alma descarriada que el sacerdote tendría que
castigar y enmendar.

El sacerdote se acercó a la nueva pecadora y la sacó a rastras de entre el
público tirando de la correa de perra que llevaba al cuello. Le preguntó su
nombre mientras la empujaba hacia la cama dónde la monja seguía
masturbándose sin recato alguno frente a todos los presentes. Con total
descaro, y sin pizca de arrepentimiento, le contestó que se llamaba  Henry.
Al llegar al borde de la cama, la perra pecadora se lanzó sobre la monja
como un animal en celo, deseando disfrutar de sus encantos a pesar de ser
de su mismo sexo. La excitada monja la recibió anhelante de poder ser
tocada de nuevo. Ambas pecadoras, se acariciaron, besaron y lamieron con
lujuria, y sin ningún pudor ni recato cristiano, a pesar de los airados
latigazos del sacerdote y de sus incansables reprimendas, ante todos los
excitados espectadores, encendiendo aun más sus ya caldeados ánimos y
entrepiernas. Muchas pollas empalmadas como la del sacerdote, aullaban por
ser liberadas de la opresión de los pantalones y poder aliviar su pesada
carga.

En su desatado afán de disfrutar en secreto con aquella humillación y
castigo, el sacerdote invitó a todos los hombres presentes a que eyacularan
sobre aquellas dos almas impías si les apetecía, tal y como se realizaba
antaño en el Japón feudal como castigo público a las mujeres acusadas de
infidelidad y lujuria. Aquel ancestral castigo oriental se denominaba
“Bukkake”. Varios voluntarios de diversas edades se bajaron los pantalones
y se aproximaron liberando sus empalmadas pollas. Las dos pecadoras
olvidaron inmediatamente sus juegos lésbicos al verlas. Agarraron aquellos
ardientes miembros con presteza y deseo, pajeándolos con sus manos,
mamándolos con sus bocas y lamiéndolos con sus lenguas, ansiosas por
exprimir todo su jugo tal y como les ordenaba el sacerdote.

Las manos de la monja se agitaban a toda velocidad intentando ordeñar todas
las pollas que la rodeaban, mientras sus gruesos pechos eran usados por
algunos descarados para darse placer así mismos, frotando sus miembros
entre ellos como si los fornicaran. Aquellos codiciados instrumentos de
placer hacían que los hombres se apelotonaran alrededor de la monja como
una manada de lobos en celo, para tocarlos y para disfrutar del privilegio
de aprisionar sus pollas entre ellos. La excitación de la monja se
desbordaba al sentir todas aquellas manos y pollas anhelando sus pechos con
tanta ansia y desenfreno. Deseaba que todos aquellos degenerados acabaran
eyaculando sobre ellos y poder sentir todo aquel esperma caliente
bañándolos.

Un hombre de raza africana, exaltado por la increíble excitación de aquella
perversión, no pudo evitar la tentación saborear el sexo de la monja con su
lengua y luego penetrarla a cuatro patas, como si fuera una perrita domada.
Pidió permiso al sacerdote y este se lo concedió. Le encantó poder ver la
gruesa polla negra del semental profanando el blanco y ardiente coño de la
descarriada monja primero, y el de la perrita Henry después. Su corrida
final salpicó todo el cuerpo de la perrita.

Tras este inesperado espectáculo, las pollas del resto de participantes
estaban deseando poder descargar su leche y aliviar tanto placer contenido.
Uno tras otro, los hombres fueron aproximando sus palpitantes pollas a los
deliciosos pechos de la monja, bendiciéndolos con una extraordinaria lluvia
de esperma, mientras ella gemía de puro placer completamente ajena a la
humillación o al más mínimo arrepentimiento por sus censurables actos.
Algunos eyaculadores, presas de la incontenible excitación del momento, no
pudieron llegar a tiempo al altar de los pechos de la religiosa, y soltaron
sus descargas de esperma en pleno camino. Chorros de leche de estas pollas
descarriadas volaron por el aire y cayeron al azar sobre las mejillas, los
brazos y los muslos de la monja, salpicándola en mil lugares de su cuerpo.
El resto del esperma acumulado sobre sus tetazas goteaba y hacia brillar su
piel, tras este degenerado bautizo de pollas. La perrita Henry, sobre la
que se apoyaba la monja, esparcía y masajeaba todo el semen sobre los
pechos de la pecadora con sus manos, como si fuera un balsámico ungüento,
mientras la procesión de depravados donantes de esperma cumplía su cometido.

El alma de aquellas dos pecadoras estaba condenada irremediablemente al
Infierno de la Lujuria y a sufrir aquel tipo de humillaciones en él un día
tras otro hasta el fin de los Tiempos. Sin embargo, seguramente para ellas,
aquello no sería ninguna condena, sino un increíble placer. El sacerdote
rezaría por su salvación, después de masturbarse en la intimidad de sus
aposentos.