El origen de los Swingers

Lejos de mitos y cuentos imperantes.

En mi último artículo prometí ahondar en los orígenes de nuestro movimiento, así que, ni corto ni perezoso, me pongo a ello.

Ya dejé claro en el número anterior que la inmensa mayoría de las teorías que circulan por ahí no pasan de ser historietas, cuentos, mitos…, constructos elaborados por alguna “mente preclara” con aspiraciones a sentar cátedras sin tener ni repajolera idea de lo que es la gnoseología.

La investigación histórica (que es lo que vamos a abordar, si queremos descubrir nuestros orígenes) es algo mucho más complejo, máxime si lo que intentamos averiguar ha sido y es un movimiento cuasi clandestino que, además, no ha generado apenas documentación escrita, no ha dejado ningún tipo de registro arqueológico, y cuyas escasas fuentes orales vienen condicionadas por la constante creación de bulos y mitos que responden, únicamente, a la vanagloria de la cultura imperante en nuestros tiempos. Por tanto, ante la total ausencia de fuentes fiables, cuando nos encontremos con cualquier explicación sobre los pioneros de nuestro movimiento, debemos poner en marcha toda nuestra capacidad de pensamiento crítico. Por ejemplo: el manido cuenterete de los pilotos de guerra norteamericanos que inventaron el intercambio de parejas para intentar asegurarse de que, en caso de caer abatidos, algún compañero se hiciera cargo de sus esposas, se derrumba por sí sólo al echar un somero vistazo a la Historia. En ella nos encontramos por doquier un sinfín de marcos sociales en los que se dieron relaciones liberales de todo tipo: para empezar con la civilización sumeria, en la que la sexualidad era una parte esencial del comportamiento social y en la que tabúes como la virginidad y la exclusividad sexual no existían; continuamos con todo el mundo grecolatino, hasta la llegada del cristianismo; y podemos completar con multitud de movimientos culturales y sociedades más o menos secretas, desde los adamitas del siglo II d.C. hasta los mismísimos hippies de los años sesenta, pasando por la Hermandad del Espíritu Libre y tantas otras de carácter similar.

El panorama para iluminar nuestro objetivo se presenta descorazonador ¿no?

Por ahora, la única afirmación verdadera es que no podemos identificar el momento ni el lugar en el que el swinger nació. Sin embargo, si abordamos la cuestión desde otra perspectiva, quizás podamos avanzar.

No nos centremos en el quién ni en el dónde, sino en el qué. ¿Qué circunstancias fueron necesarias para que surgiera nuestra, llamémosla, subcultura? Para ello hemos de comenzar analizando la esencia del movimiento: el mundo swinger se define por estar configurado, nuclearmente, por parejas estables que no consideran dogmática ni necesaria la exclusividad sexual. Además, estas parejas han de estar formadas por un hombre y una mujer que se consideran y reconocen libres e iguales entre sí. Por último, hay que indicar que, para desarrollar tal y como desean su vida sexual, necesitan que se dé un marco seguro, higiénico y salubre. Bajo estas premisas el espectro de búsqueda se reduce considerablemente: no es hasta bien entrado el siglo XX cuando los avances y logros del feminismo original permiten que se puedan configurar parejas equilibradas en las que ambos miembros tienen conciencia de su condición de iguales y libres y, además, se esfuerzan en vivir como tal. Es en la década de los sesenta de ese mismo periodo cuando surgen métodos anticonceptivos eficaces y se generaliza su uso entre una amplia parte de la sociedad, cuestión que permite desarrollar una planificación familiar y, sobre todo, poder disfrutar de encuentros sexuales sin miedo a embarazos no deseados. En este mismo momento se dispara el uso del preservativo y la prevención ante las ETS comienza a ser una realidad más allá de la abstinencia.

Representaciones eróticas en el arte griego.

Teniendo en cuenta estos puntos, podemos concretar mucho más el origen de lo que hoy conocemos como movimiento swinger, al menos si nos ceñimos al marco de la cultura occidental: Un momento más o menos determinado en la década de los sesenta del siglo XX, cuando la invención y generalización de la píldora, combinada con la facilidad de acceso a los preservativos, otorgan a la mujer la capacidad de decidir cuándo, dónde y con quién concebir o no. Este hecho, en conjunción con los logros del movimiento feminista original, que por un lado otorga consciencia y conciencia sobre el propio cuerpo y la propia identidad a todas las mujeres y, por otro, educa a un gran número de hombres en valores igualitarios, es lo que posibilita el marco necesario para que se puedan desarrollar relaciones sexuales libres, conscientes y compartidas. Sin estas, jamás hubiera sido factible que determinadas personas decidieran descartar el sentimiento de propiedad con respecto a la pareja, convirtiendo sus relaciones en acuerdos mutuos basados en el compromiso, el respeto y el amor, sin que tuviera que existir necesariamente ningún tipo de exclusividad sexual más allá de la destinada consensuadamente a la reproducción.

Placa de Terracota Babilónica. Antigua Babilonia, 1800 a.C. Irak.

En cuanto a la definición del dónde, lo más probable es que se diera en varios lugares más o menos a la vez. El cerebro humano es universal y, por tanto, si en diferentes lugares se dieron todas las circunstancias adecuadas, lo más plausible es que varios grupúsculos traspasaran, de una manera más o menos coetánea, los límites impuestos por los tabúes sociales. Así, por ejemplo, nos podríamos encontrar a hippies queriendo disfrutar del amor libre sin estar dispuestos a renunciar a la estabilidad emocional que otorga una pareja; o a franceses del Mayo del 68 buscando nuevas formas de amar más acordes con su ideología; o a ciudadanos saliendo de durísimas dictaduras ávidos por disfrutar de todo aquello que soñara a libertad.

Esto, hoy en día, es lo único sensato y cabal que se puede decir sobre el tema sin pretender vender motos, exaltar mitos o dar explicaciones simples y torticeras. Nuestro origen está en la liberación de la mujer, la toma de conciencia y asunción por parte del hombre de los postulados del feminismo original, en el avance y extensión de los métodos profilácticos y anticonceptivos y, sobre todo, en el amor puro, consciente, racional y comprometido de un puñado variopinto de parejas lo suficientemente valientes como para atreverse a exprimir la vida.