Hay cosas en la vida las cuales uno sólo podía haber soñado…¡hasta que se hacen realidad, claro! Yo un hombre normal, ejecutivo, cuarenta años y de atractivo “normal” siempre había hecho lo que todos. Ligar…o intentar ligar, según los casos. Lo clásico…Invitar una chica a una copa, una cena;  llenarle los oídos de cumplidos – más o menos sinceros – y luego procurar que la noche no acabe como la de “Cenicienta” : a medianoche y con la cama vacía. Siempre existía el problema de cómo y a quien llevarse “al huerto”, ya que todavía soy soltero, pero mis deseos ya no se satisfacen en absoluto con las consabidas “manualidades”.
Y fue precisamente durante una noche de esas, en que iba caliente y a la deriva de bar en bar para procurar apagar no sólo la sed de mi garganta sino también la desesperada ociosidad del instrumento palpitante que abultaba entre mis piernas, cuando me pasó lo increíble, lo siempre deseado: ¡ Una chica me quiso ligar!.
Era de mediana estatura, con pelo negro y sedoso que casi le llegaba hasta la estrecha cintura. Por sus ojos y la especial sonrisa deduje que era oriental, probablemente filipina y no pude evitar observarla detenidamente mientras sorbía con una pajita de un largo vaso de granizado de café. Pero ella estaba en la otra punta de la barra – que era de los denominados “decentes” y no era menester cruzar todo el bar, ante las miradas de la veintena de clientes, para arriesgar un posible, casi seguro, rechazo. Pedí otro whisky y procuré pensar en otra cosa, pero era difícil.
Entonces, justo cuando ya había decidido que me iba, vi cómo pagaba su copa y se acercó a mi – ¿ o era a la puerta? – con pasos decididos. Pero no, no era la puerta lo que le atraía su interés, sino ¡yo!. Se paró a mi lado, sonrió y dijo: ¿Quieres follar conmigo?  Me quedé pasmado, sorprendido por la franqueza de sus palabras. Y un poco decepcionado, ya que tengo por costumbre ir con “profesionales” y solo con una de ellas tendría la desfachatez de proponer semejante actividad a un hombre desconocido.(Pensaba yo…)

Acepté sin palabras, convencido por la belleza de ella y la calentura de mi sexo, pagué el whisky – haciendo caso omiso a la desdeñosa sonrisa del camarero – y fuimos hacía la salida, los dos juntos.
¡Tu casa! – decidió ella, una vez al aire libre y yo no protesté. (Allí reside la ventaja de ser soltero: sale más barato y más cómodo joder en el “hogar dulce hogar”,)
No intercambiamos casi ninguna palabra en el taxi, camino a mi apartamento, pero los apretones de su mano a la mía eran suficientes para convencerme de que la noche resultaría tan fogosa como jamás podría haber soñado.
Una vez en casa preparé un par de copas y las tomamos sentados en el borde de mi cama, sin perder tiempo con tontas timideces, ahora que los dos sabíamos qué queríamos. Ella, Ninja, me contó que se había sentido depre, porque había roto con su novio – el “señorito” de la familia donde trabajaba como sirvienta – y al tener la noche libre no sabía qué hacer para calmar esa lujuria que él había encendido en ella. (Supongo que es innecesario añadir que todo esto pasó un jueves…)
Poco a poco iba desabotonando su fina camisa mientras ella me excitaba – más aún  con suaves caricias, por debajo de mi camisa, en la espalda.
Sus pechos eran pequeños y duros, muy erguidos, con unos pezones extrañamente claros. Bajé mis labios hasta tomar uno de ellos en la boca, haciéndole un frenético masaje con la lengua. Sus caricias se hacían más intensas, bajando hasta deslizarse entre el cinturón de mi pantalón, el calzoncillo y mi piel. Yo no quise ser menos y no tardé nada en encontrar la cálida humedad que me esperaba entre sus prietos y bronceados muslos. El encaje  de sus braguitas estaba mojado de un modo verdaderamente excitante, que hacía que la tela resbalara con facilidad sobre su sexo y el abultado clítoris. Seguí jugando un poco con la suavidad de la prenda, aumentado el masaje según me indicaba los crecientes gemidos de mi compañera.
Finalmente no pude esperar más. Ella ya había abierto mi bragueta, sacando mi erecta verga para deleite de su mano – primero –y su lengua – luego – y podía sentir cómo mi carga estaba a punto de explotar en aquella experta cavidad bucal.
Pero todavía no quise correrme,  quería seguir disfrutando de nuestros juegos eternamente y se lo indiqué mientras desabroché su falda, quitándosela con su colaboración. Mis dedos seguían jugando al escondite con sus diminutas braguitas , saliendo y entrando por debajo del elástico. Entonces sentí cómo su mano empujaba mi cabeza hacia abajo, hacia su sexo y no tardé en obedecer, introduciendo mi lengua en lo más profundo de aquella exótica gruta de mujer hambrienta.
Por supuesto que ella no tardó mucho en dar la vuelta y encontrar, otra vez, la húmeda punta de mi sexo que recibió un profundo y eficaz tratamiento que me trajo, una vez más, al borde del clímax.
Espera…quiero correrme…en ti…-gemí, finalmente, con el sabor de sus jugos llenando mi boca.
Ella se reía bajito y me hizo ponerme de espaldas y no tardó en convertirse en mi jinete, en la más salvaje amazonas que jamás conocí. Ella misma había guiado mi fuerte cipote hasta encontrar la ansiada entrada, que se escondía entre los salientes labios, y los músculos de su vagina parecían querer ordeñarme por la fuerza con que me “exprimían”.
Pronto pasó su ritmo del “trote” al más desbocado “galope” y sentí cómo se contraría si tuviera calambres de placer y yo dejé, por fin, que mi “surtidor”  llenara su deseoso “recipiente”.
No me dejó descansar ni un segundo, apretando nuevamente, suavemente pero con decisión, mi sexo con sus dedos  y con su sexo hasta que mi erección se atrevía a lanzarse nuevamente a la aventura con la desconocida.
Esta vez la tomé yo, penetrándola con fuerza mientras bebía el suave néctar de sus besos incesantes, Ella seguía mi ritmo… primero lentamente, luego más y más rápido.
– Más adentro… más…fuerte…máá-ás…-gemía presionando su monte hacia mi cuerpo.
Pensé que me volvía loco ante sus exigencias y no dejaba decaer el ritmo ni un instante hasta que me corrí de nuevo y caí, exhausto a su lado.
Pasamos cerca de dos horas en la cama, charlando y tomando otra copa. Los muslos de ellas estaban brillantes de semen todavía y su sexo muy rosado, muy abierto.
-Sabía que me harías disfrutar-suspiro ella y se acurrucó a mi lado con una sonrisa-. Y…¿si repitiéramos? – añadió con una pícara risita.
No tardé en aceptar la invitación…como no la he rechazado todavía ningún jueves.