No es país para swingers (aún)

Desnudo y borracho como una cuba en una terraza del quinto piso del Hotel Marriot de El Cairo. Sí, acabo de echar un polvazo de los que hacen historia y ahora, cigarro en mano, los vapores etílicos me piden reflexión. Dadas las circunstancias, ruego al respetable que disculpe hoy mi prosa.

Egipto no es país para swingers. Ni Egipto ni ninguno de los países musulmanes que he visitado. Quizás en cada uno de ellos haya una reducida élite de pioneros organizándose en secretísimas fiestas privadas, pero, en general, nuestra forma de vivir escapa con mucho a su órbita de pensamiento. Las mentes más preclaras y libres con las que he podido dialogar en estas sociedades están en otras coplas más prosaicas. De momento, con llegar a vislumbrar que la mujer puede tener criterio propio y algo tan básico como la libertad, ya se pueden dar con un canto en los dientes. La realidad de su siglo XXI es que todo está imbuido de un machismo visceral y baboso que tiende a disfrazarse de paternalista protección. Están a años luz de poder siquiera sospechar que una pareja puede dejar de considerar importante salvaguardar la exclusividad sexual o de, tan solo, poder contemplar que los deseos de ambos seguramente vayan más allá de la alcoba conyugal. Sin igualdad en las cuestiones más mundanas nuestro mundo es imposible. Sin libertad, cultura y educación los swingers no podemos existir.

Ahora, eso sí, señalar con el dedo acusador, enarbolando una falsa superioridad moral, no aportará nada a esta gente. Hemos de recordar que en España no hace tanto tiempo, cuando un calvo, bajito y barrigón ostentaba el poder, nuestra situación era similar y, sin embargo, nadie vino de fuera a reconducir por la fuerza nuestra casposidad. Hemos sido nosotros mismos quienes fuimos cayendo en la cuenta, quienes fuimos tomando ejemplo de otras naciones, quienes, aún a día de hoy, nos plantamos frente a la ranciedad y luchamos por vivir tal y como nos pide el cuerpo hacerlo.

Somos unos privilegiados, porque, aunque aún falta camino, podemos ser swingers y, siéndolo, podemos ser ejemplo y guía para muchas otras parejas, de nuestra patria y de otras en las que, como en Egipto, la moralidad es un pesado lastre que ellos mismos se empecinan en cargar.

Publicado en la revista Nº 1066

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