Adriana Reinking reflexiona sobre deseo, acuerdos y la importancia de amar, sin controlar, para construir relaciones amorosas.

En un momento en el que los debates sobre las relaciones parecen obligarnos a tomar partido —monogamia o no monogamia, fidelidad o libertad, seguridad o deseo—, la voz de Adriana Reinking aparece como un espacio de pausa. Es librepensadora, fotógrafa, escritora, estratega en mejora de relaciones y creadora del proyecto ReBVélate, Reinking huye de los dogmas y de las recetas universales para hablar de algo mucho más complejo: los procesos internos, el miedo y la congruencia.

Desde su experiencia de vida, propone una mirada menos polarizada sobre los vínculos, recordándonos que ninguna forma relacional genera bienestar si no está sostenida por consciencia, autonomía y la decisión de amar sin controlar.

En esta conversación hablamos sobre monogamia, no monogamia y por qué, a veces, lo más revolucionario no es abrir una relación, sino simplemente dejar de intentar cambiar el pensamiento o el comportamiento del otro para que se acomode a lo que a uno le conviene.

Adriana, hace poco compartiste un reel que llamó mucho la atención porque huía de los discursos extremos. Decías que la monogamia no es algo malo en sí, igual que la no monogamia no es siempre la respuesta. ¿Desde dónde nace esa reflexión?

—Nace de observar a tantas personas tratar de “abrir la relación” como remedio para los problemas de pareja, sin éxito. Y a muchas otras usando la monogamia, convencidas de que eso garantiza que son amorosas. Veo que hay una tendencia a pensar que la monogamia es algo anticuado o limitante y que la no monogamia es, automáticamente, más consciente o más evolucionada. Y no lo creo. Para mí, ningún modelo es bueno o malo por sí mismo. Es más importante la compatibilidad, la congruencia, el respeto y de si lo que eliges vivir tiene sentido para ti y no solo lo haces para complacer.

Adriana insiste en que no se trata de elegir bien, sino de no elegir desde la culpa, o la exigencia.

—A veces parece que si no estás abriendo la relación o cuestionando la monogamia, te estás quedando atrás. Y eso también es una forma de presión.

En este contexto donde parece que hay que posicionarse —ser monógama o no serlo—, tú hablas más de etapas y coherencia personal. ¿Por qué crees que nos cuesta aceptar que distintas opciones puedan ser igual de válidas según el momento vital?

—Porque una relación puede iniciar sobre la monogamia, y al ir cambiando (la relación y las personas) pueden terminar por elegir vivir la no monogamia consensuada. Pero si una persona se obsesiona con defender la monogamia o la no monogamia como si fuera la verdad absoluta, casi siempre hay miedo detrás: miedo a equivocarse, a perder, a no ser suficiente.

Lo que observo constantemente en consulta y al conversar con tantas personas es que muchas intuyen que deberían poder elegir ser monógamas si quieren, o no serlo si no lo sienten… pero se quedan atrapadas en el “deber ser” de el modelo que no las representan. Entonces defienden el modelo como si fuera una identidad, cuando en realidad es una forma de relacionarse, que puede cambiar si lo desean.

Aceptar que distintas opciones pueden ser válidas implica aceptar que el cambio es inherente a la vida misma. Y eso da vértigo, porque nos educaron para pensar que si cambias, fallas.

¿Sientes que ahora existe una especie de “mandato” hacia la libertad relacional?

—Sí, bastante. Hay personas que intentan la no monogamia porque creen que es lo que toca, lo que es más consciente o más moderno. Pero la pregunta es, ¿puede el amor vivir sin libertad?. Si te fuerzas a vivir algo que no te sostiene, ¿eres libre?

Para ella, uno de los riesgos actuales es convertir los discursos en identidades rígidas.

—Cuando te aferras demasiado a una etiqueta, corres el riesgo de dejar de escucharte. Y el deseo no funciona así. Cambia, se mueve, a veces desaparece.

Has hablado en varias ocasiones del deseo que aparece aunque no lo busquemos. hablas del peligro que supone creer que una sola persona puede darte todo lo que deseas. ¿Qué consecuencias emocionales puede tener perderse a uno mismo en el intento de no perder a quien amas? ¿Cómo se convive con eso sin tomar decisiones impulsivas?

—Para mí, sentir deseo no implica tener que pasar a la acción. Pero, es algo difícil de practicar. Vivimos en una cultura que nos dice que si deseas algo, tienes que ir a por ello, pero no siempre te conviene. Poner atención a lo que deseas puede decirte algo de ti, que no estabas escuchando… no a pedirte una acción concreta.

Adriana explica que aprender a sostener sus deseos sin traducirlos inmediatamente en acciones ha sido clave en su propio proceso. Negar lo que deseamos nunca funciona, no nos hace más fieles, sino menos honestos.

—Hay deseos que hablan de carencias, de necesidad de validación, de ganas de sentirte viva. Pero, hay que relajarse, si los actúas sin mirarlos antes, puedes aprender, pero rara vez pierdes.

¿Ves esto también en personas que se definen como liberales o abiertas?

Muchísimo. Cambia el discurso, pero no el miedo. Hay personas que se dicen libres, pero siguen autoimponiéndose límites emocionales. Siguen vigilando, comparando, midiéndose. Es la misma lógica de control, solo que con otro lenguaje.

«No es una cuestión de elegir bien, sino de saber desde dónde eliges»

Hablamos mucho del deseo desde lo emocional o lo mental. ¿Qué papel crees que tiene el cuerpo en todo esto?

—Un papel enorme. Estamos muy acostumbradas a analizarlo todo desde la mente, pero el cuerpo sabe muchas cosas antes que la cabeza. El problema es que no siempre sabemos escucharlo. El cuerpo te dice cuándo algo te expande y cuándo te contrae, pero si estás atrapada en el “debería”, dejas de escucharlo.

Para ella, diferenciar un deseo genuino de uno reactivo pasa por bajar el ritmo.

—Cuando algo es auténtico, no suele venir con urgencia. La urgencia muchas veces es ansiedad, no deseo.

¿Crees que nos cuesta más sostener la incomodidad que tomar decisiones radicales?

—Totalmente. Nos cuesta muchísimo quedarnos en el “no sé”. Preferimos decidir algo, aunque no estemos seguras, antes que habitar la incertidumbre. Pero muchas veces el crecimiento está ahí, en no correr, en permitirte sentir sin resolverlo todo.

Adriana no habla desde un lugar teórico, sino desde la experiencia.

—Yo también he querido respuestas rápidas. Y, aunque aprendí mucho, me he equivocado. Con el tiempo pude reconocer que no decidir también es una decisión.

En este proceso, ¿qué pasa cuando los acuerdos dejan de mantener la relación?

—Que duele. Y está bien decirlo. Hay acuerdos que funcionan durante un tiempo y luego no. Eso no significa que estén mal, significa que las personas cambian. Lo difícil es permitirte revisar sin sentir que has fracasado.

Para ella, revisar acuerdos no debería vivirse como una amenaza.

—Lo peligroso es mantener algo que ya no te representa solo por el miedo al “qué dirán”.

«En una relación abierta puede haber tanto control como en una monógama. En las relaciones amorosas no hay control»

Muchas personas llegan a estas reflexiones con culpa. ¿Cómo se trabaja eso?

—Con mucha honestidad y mucha compasión. No todo el mundo está preparado para vivir ciertas cosas, y eso no te hace menos consciente. La culpa aparece cuando crees que hay un “deber ser”, cuando te comparas o cuando intentas cumplir expectativas que no son tuyas.

Adriana insiste en que no hay atajos emocionales.

—No puedes saltarte el proceso. Y está bien que sea lento.

Para cerrar, si alguien se siente ahora mismo dividida entre lo que desea, lo que cree que debería desear y lo que realmente puede sostener, ¿qué le dirías?

—Que no haga nada todavía. Que no es conveniente tomar decisiones en crisis. Que escuche. Que observe cómo se siente en el cuerpo cuando imagina cada opción. No hace falta tomar grandes decisiones ahora. A veces basta con observarte y dejar de exigirte respuestas inmediatas o estar pendiente de qué espera el otro.

Conocerse requiere de la valentía para cuestionar nuestras certezas y desarrollar nuestra consciencia. Sin aprender a amar, cualquier modelo relacional se convierte en una jaula.

Adriana Reniking es estratega en mejora de relaciones, escritora y creadora del proyecto ReBVélate, donde reflexiona sobre vínculos, deseo y conciencia emocional.
Comparte contenido y reflexiones en redes sociales y desarrolla espacios de formación y escritura propios.

A lo largo de la conversación, Adriana vuelve una y otra vez a la misma idea:

No forzarse. Ni a elegir, ni a definirse, ni a cumplir ningún ideal relacional.

Su mirada no busca convencer ni ofrecer soluciones universales, sino abrir un espacio donde la duda también tenga lugar.

En un mundo que empuja constantemente a decidir, quizá el gesto más consciente sea, simplemente, escucharnos un poco más.

Publicado en la revista Nº 1076

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