EL MOMENTO EXACTO EN EL QUE NACEN LAS FANTASÍAS (Y LOS SWINGERS)

Seguramente no voy a descubrirte nada que no sepas ya. Si estás leyendo este artículo es porque, entre otras muchas cosas, has habitado mil veces en el momento mágico en el que nacen las fantasías.

No los deseos ni las apetencias, las auténticas fantasías, las ensoñaciones más tórridas que nuestro subconsciente puede crear, aquellas que se erigen en impulso vital, en el combustible que nos hace atrevernos a explorar cada vez más allá.  

Sabes cuál es, ¿no?

Lo has sentido en infinidad de ocasiones, has morado y te has deleitado en ESOS MINUTOS DE PAROXISMO QUE PRECEDEN AL ORGASMO, cuando nuestra corrección moral se anula como si fuéramos chamanes en pleno trance y aparecen en nuestra mente nuevas imágenes, nuevos mundos por descubrir, nuevas tentaciones en las que imbuirse hasta el tuétano.

Después del orgasmo, seguramente, te habrás sorprendido a ti mismo casi avergonzado o, al menos, extrañado por las diapositivas que brotaron de tu mente. Y quizás, sólo quizás, te hayas esforzado por reprimirlas, desecharlas o restarles importancia atribuyéndolas a una “ida de pinza”.

Pero a estas alturas tanto tú como yo sabemos que, por mucho que luchemos, la semilla del pecado ya está plantada irremisiblemente.  

Así que ahí, en ese mismo momento, en ese proceso casi febril y cuando se dan las ensoñaciones adecuadas, nacemos los swingers.

Con total certeza tendríamos referencias anteriores, lo habríamos visto en la televisión o en alguna web, pero sólo en ese instante de locura y desinhibición nos visualizamos por primera vez a nosotros mismos como protagonistas de la escena.

Somos, por tanto, orgullosos hijos del instinto, de la irracionalidad y de la fantasía.

Hijos bautizados en las sagradas aguas de nuestro propio valor, de todo ese valor que fuimos capaces de reunir para contravenir las normas sociales y morales con dos únicos fines: hacer realidad nuestros sueños y VIVIR.  

Publicado en la revista Nº 1070

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