¿Es el ambiente swinger una forma de arte?

La experiencia y el poso me han regalado la posibilidad de poder atender a los matices.

En mis primeras incursiones en el mundo swinger la potencia de los estímulos inundaba todo, los sentidos colapsaban dando paso a una excitación cercana al éxtasis, a una especie de paroxismo que incitaba a exprimir la vida con urgencia, con ansia, con una sed desmedida.

Hoy, con el tiempo, el disfrute se ha refinado sin perder ni un ápice de fuerza, pero dejando espacio a la observación y a la reflexión.

Hoy, cuando entro en un club, sigue apareciendo el morbo desmedido, pero puedo desglosar mucho mejor los placeres que lo incitan: la cálida y trémula luz que otorga identidad al ambiente; el inequívoco olor a sexo compartido; la irrepetible sinfonía de jadeos, respiraciones, gemidos, gritos…; el grandioso tapiz que forman varios cuerpos disfrutándose entre sí; el exquisito sabor de la genitalidad; la inmensa riqueza táctil que ofrece cada centímetro de piel humana… Todo cuanto me rodea en ese momento es bello, porque bello es todo aquello que, percibido por los sentidos, place. O, como matizaba Aristóteles, posee belleza todo aquello que es valioso por sí mismo y, a la vez, nos agrada, nos proporciona placer.

Durante años, repasando estas sensaciones, no he tenido más remedio que dar la razón al filósofo, al tiempo que he deseado que estuviera allí conmigo para que pudiera constatar que pocos lugares condensan tanta belleza y, además, una belleza tan pura y global como efímera y mutable.

Pero hoy, reflexionando, he dudado de esta concepción porque también soy consciente de que hay personas a las que les ha horrorizado lo percibido en un club, les ha escandalizado, les ha asqueado o les ha provocado un rechazo frontal. En cualquier caso, sea para bien o para mal, no conozco a nadie que se haya quedado indiferente. El abanico va desde quienes hemos amado el ambiente desde el primer minuto hasta quienes han profesado un odio casi visceral que, dicho sea de paso, seguramente responda a convicciones, experiencias o formas de entender la sexualidad radicalmente distintas a las nuestras. A este último tipo de personas, lo percibido no les ha proporcionado placer, por tanto, al no ser aceptablemente ecuménica la concepción, todo eso que yo disfruto puede que no sea Belleza en el sentido filosófico del término, puede que sea otra cosa, pero Belleza como tal, no.

Sin embargo, el hecho de que una experiencia no pueda ser considerada universalmente bella no implica que carezca de valor estético o de capacidad para conmovernos. Tal vez la pregunta correcta no sea si estamos ante la Belleza, sino ante otra manifestación humana igualmente poderosa.

Lo que es indudable, y atendiendo a que la intrusión en nuestro mundo no ha dejado a nadie indiferente, es que todos, de una y otra manera, nos hemos sentido interpelados. Aquí va a estar el quid de la cuestión.

Toda obra o acción intencional del ser humano que, percibida por uno o más sentidos, interpela (no necesariamente para bien) es ARTE, Arte puro y duro. El tapiz de cuerpos entrelazados, el olor a sexo compartido, la cálida y trémula luz que baña todo, el sabor de la genitalidad, la riqueza táctil que se ofrece… todo, todo ello es Arte, el Arte más humano, sensorial y completo que se pueda concebir, un Arte en el que nosotros, los artistas, presos de nuestra creatividad e imaginación, nos convertimos en la propia obra de arte, y, perdonadme, pero esto no es una cuestión baladí.

Tomar conciencia de que cada uno de nosotros somos artistas y arte al mismo tiempo nos permite contemplar nuestra experiencia desde una perspectiva diferente. No ya como simples espectadores del deseo, sino como parte activa de una obra viva, efímera e irrepetible que se construye y se desvanece con cada encuentro.

Publicado en la revista Nº 1072

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