¿El ser humano es un animal monógamo?
Eterno y estéril debate.
Se han vertido ríos de tinta, con mayor o menor base científica, intentando ser asépticos o pretendiendo justificar postulados propios, con un interés sincero por el saber o dejándose llevar por los tan novedosos como manidos discursos de moda, elaborados por gente con una sólida formación y con una metodología cuidada o por mequetrefes enriscados en auto erigidas cátedras de barro que, cualquiera de estos días, nos sorprenderán descubriendo el agua caliente o pretendiendo hacer ciencia puntera del mecanismo de un chupete.
La cuestión es que, si somos o no biológicamente monógamos, es total y absolutamente irrelevante. ¿Por qué? Porque, por encima de casi todo condicionamiento natural, el ser humano es capaz de imponer su acervo cultural; y nuestro acervo cultural, el que corresponde a una sociedad occidental de tradición cristiana, nos impone, casi irremisiblemente, la monogamia.
Otro tema será definir qué es la monogamia, porque hasta hace bien poco el término implicaba la unión de dos personas (hombre y mujer, siempre) de por vida, aunque por todos es sabido que esa exclusividad era ficticia porque las infidelidades, puntuales o de largo recorrido, consentidas o pagadas, han existido a lo largo de toda la Historia. Después hemos asistido, y asistimos sin ser demasiado conscientes, a que la gente fuera concatenando parejas, eso sí, de una en una, dando lugar a una especie de “monogamia seriada”, o lo que sería lo mismo, una ¿poligamia ordenada? Actualmente estamos presenciando el boom del poliamor, pero incluso aquí, en buena parte de los casos, parece haber una pareja principal, eso cuando no hay evidencias de que alguno de los componentes de la relación transige y no disfruta de la supuesta situación de equidad de la que gozan las otras partes (que nadie se ofenda: el ideal, como ocurre con la monogamia pura, es conocido ya por todos. Cuestión distinta es la práctica común y el bienquedar de una caterva de caraduras con afán de justificarse).
Y por último estamos nosotros, los swingers.
¿Somos monógamos?
Si atendemos a la exclusividad sexual, no. Pero construimos como nadie vínculos emocionales permanentes y sólidos con una sola persona. Es más, según los pocos estudios realizados, la propia exclusión de la exclusividad sexual (valga la redundancia) es un elemento crucial para fortalecer y enriquecer la pareja, otorgando índices de satisfacción muy superiores a los de la media común. Así que… ¿somos monógamos?, ¿polígamos?, ¿una suerte de fijos-discontinuos?
Algún necio o alguna necia dirán que el criterio esencial para definir la monogamia es el sexual, pero ¿por qué y cuándo? ¿Siempre o solo cuando la pareja decide reproducirse? Y si dos personas asexuales (que haberlas, haylas) deciden disfrutar del amor en pareja, ¿qué son entonces?, ¿debemos excluirlas de la ecuación por su condición? ¿No es más importante el vínculo emocional y la construcción de un proyecto de vida en común, que la supuesta importancia de una soslayable exclusividad sexual?
Retomando la cuestión inicial, quizás deberíamos ahora aludir al por qué nuestra sociedad occidental de tradición netamente cristiana es, supuestamente, monógama, recordado que la cuestión biológica es irrelevante porque la cultura es capaz de anularla. De hecho, hay sociedades monógamas, poligínicas e incluso algunas poliándricas. Por tanto, solo cabe afirmar que la forma de configurar las parejas sexuales en las diferentes sociedades humanas solo responde a una cuestión de adaptación al medio y a las circunstancias y, por ende, si estas cambian, también pueden cambiar o modificarse las formas de emparejamiento. Nosotros somos monógamos (en teoría) porque hace unos 3000 o 4000 años los hebreos decidieron adoptar la monogamia como forma de supervivencia. Decidieron que ellos era en pueblo elegido por Dios y, para poder mantener ese supuesto privilegio que les hacía especiales frente al resto de la humanidad, optaron por un sistema de control de la natalidad que, al mismo tiempo, les permitiera abordar una férrea educación de sus crías: un hombre y una mujer unidos de por vida con la única tarea de adoctrinar a sus vástagos en los principios que configuraban su sociedad, de tal manera que esos vástagos repitiera en el futuro el patrón, dando lugar a una comunidad cerrada de elegidos en la que el control moral y cotidiano, junto con la familia nuclear, aseguraran la trascendencia del grupo y, además, una aceptable limpieza de sangre.
(Excursus: Sí, ya sé que los ultraortodoxos judíos practican la poliginia, pero, a pesar de su nombre, no representan la esencia del judaísmo, son una especie de secta que realiza una lectura un tanto peculiar y torticera de la Torá. En el cristianismo también tenemos variantes que apelan a la ortodoxia, algunas polígamas también, pero, evidentemente, no son, ni con mucho, la tónica general).
(Segundo excursus, este por mi propia salubridad mental: Obsérvese que la autootorgada condición de pueblo elegido que ostentan los judíos explica muchas cuestiones del presente y del pasado. Su religión hace que nos consideren al resto poco más que animales, les ha permitido ejercer sin miramientos la usura durante siglos, enriquecerse sobremanera a costa de los demás apoyándose en la creación de una red internacional, la diáspora, que les ha facilitado a lo largo de la Historia monopolizar buena parte del comercio y de las transacciones. Ese afán de enriquecimiento, instigado por el desprecio al resto de los pueblos, los ha llevado a ser perseguidos en multitud de ocasiones, a veces como consecuencia del odio acumulado contra ellos por las clases populares que malvivían frente a su opulencia, otras instigadas por reyes que les debían ingentes fortunas, y otras por dirigentes que les convirtieron, de manera torticera, aunque con un trasfondo de razón, en el chivo expiatorio del hambre y la pobreza social. El problema ahora es que, tras la Segunda Guerra Mundial, las grandes fortunas judías que escaparon al conflicto consiguieron mercantilizar el holocausto y convencer a las potencias vencedoras de que les otorgaran parte de Palestina, parte de su supuesta tierra prometida. La realidad distaba mucho de las motivaciones religiosas: el tener una nación propia, aparte de posibilitar la construcción de un perfecto paraíso fiscal judío, les ha permitido también acceder a tener capacidad militar. La educación, por tanto, es sencilla: sentimiento de superioridad con respecto al resto de pueblos, riqueza y control de buena parte de la economía mundial, más la posibilidad de tener su propio ejército, es igual a genocidio y a la deshumanización más abyecta, todo para acrecentar el poder territorial y, por tanto, fortalecer tu base de operaciones, expulsando al tiempo a todo aquel que no profese su fe ni tus ideales supremacistas. Mientras, y ya rozando el colmo del paroxismo, no dejan de hacerse la víctima para enardecer a propios e intentar apaciguar a ajenos).
Tras los excursi, continúo: la variante que nos afecta a nosotros fue la introducida por otro judío: Jesús de Nazaret. Bueno…, más bien por sus primeros discípulos, en concreto por Pablo de Tarso y sus seguidores. Estos mantuvieron el sistema de familia nuclear monógama que aseguraba una perfecta catequización de los hijos, pero, al tiempo, introdujeron un concepto nuevo: la evangelización. Los primeros cristianos no querían sentirse el pueblo elegido, querían que todo el mundo pudiera disfrutar de la gracia de Dios y de su salvación. Por tanto, la familia monógama continuó siendo una herramienta perfecta para perpetuar sus creencias, pero al tiempo desarrollaron todo un entramado de captación de nuevas familias e individuos. En esas estamos.
La última vuelta de tuerca, aunque no nos afecta directamente, la dio Mahoma: introdujo la guerra como elemento de expansión de la fe. No contra el infiel en sí, sino para controlar nuevos territorios y que, tras construir las circunstancias políticas y culturales adecuadas, sus habitantes se fueran convirtiendo al islam. Este esfuerzo militar obligó a cambiar el paradigma para asegurar el relevo generacional. La escasez de hombres provocada por la guerra hacía más conveniente relegar la monogamia y adoptar la poligamia, de tal manera que un solo hombre pudiera reproducirse con varias mujeres siempre y cuando fuera capaz de asegurar su sustento y la educación de su prole.
La cuestión es que la monogamia de nuestra sociedad responde solo a una serie de condicionamientos sociales del pasado, de igual modo que otras opciones responden a las circunstancias de otras sociedades. Por tanto, debatir o intentar vislumbrar si somos o no monógamos, si mola más ser una cosa u otra, o si hay que mantener tal o cual opción en la actualidad, suena, cuando menos, absurdo, puesto que una civilización se decantará por un sistema u otro (o, como ocurre aquí y ahora, será más o menos permisiva con las diferentes opciones) en función de las contingencias que le afecten y de los intereses que tenga, no en función de la genética, la biología o la naturaleza.
La verdad es que este debate nos debería dar igual, siempre y cuando no nos toquen las parcelas de libertad conseguidas actualmente. Entiendo que pretender encontrar condicionamientos genéticos que justifiquen nuestras acciones puede llegar a ser un alivio: convierte nuestro comportamiento en inevitable y, sobre todo, en natural, en algo irrenunciable para respetar nuestra supuesta esencia, pero ¿es realmente necesario?
Quizás deberíamos aprender a reivindicar lo que somos, simplemente porque lo somos, convirtiendo en irrelevante si la motivación es biológica, educacional o tan solo circunstancial. Quizás deberíamos aprender a afirmar nuestra condición, sin más; sin necesidad de justificarlo ante una sociedad censora y mediocre poco acostumbrada a que le digan las cosas claramente y sin opción a réplica u opinión.
Yo soy swinger porque se me pone de los huevos.
Mi pareja es swinger porque se le pone del coño.
Tú eres swinger porque se te pone de tus santos genitales.
¡Y punto pelota! ¡Hostia!
Muy interesante reflexión. Este tipo de enfoques ayudan a ampliar la mirada y a entender que las relaciones humanas no pueden explicarse desde un único punto de vista. Siempre es positivo abrir espacios donde se pueda pensar y debatir con calma sobre estos temas.