¿Qué hacemos con la Monogamia?

Análisis de la Pareja Tradicional

La historia de una pareja tradicional monógama –a saber, la consabida “chico conoce chica, se enmarañan en sentimientos de pertenencia mutua, se juran fidelidad hasta que la muerte los separe y son felices… hasta que empiezan a dejar de serlo”- es, probablemente, uno de los guiones más repetidos desde que a nuestra civilización le dio por contarse historias. Nos muestra, generalmente, la facilidad con la que unos mismos personajes, sin que aparentemente haya ocurrido nada relevante, son capaces de pasar de la comedia al drama en un período de tiempo relativamente corto; cómo las promesas de amor eterno se desatan sin complejos bajo el influjo de la química de las emociones… hasta que el efecto de esas fascinantes drogas que llamamos “hormonas” pierden la capacidad de arrebatarnos la cordura en lo que llamamos “fase de enamoramiento”.

A partir de ahí, todo son complicaciones. Lo eterno se transforma en efímero, la complicidad se torna confrontación y empiezan a aparecer las “culpas” –casi siempre, “del otro” o “de lo otro”-, hasta que la relación acaba a menudo saltando por los aires o se convierte en una sucesión de gabinetes de crisis para entender qué está pasando, qué es lo que ha cambiado y, sobre todo, por qué ya “las cosas no son como antes”. ¿Qué ha ocurrido en esos meses como para que lo que parecía idílico y perfecto parezca estarse yendo al traste? Y aún más: ¿qué hacemos con esas promesas de incuestionable amor eterno que, hace apenas nada, brotaban de nuestras palabras y nuestras miradas sin un ápice de duda? Para muchas parejas, sigue siendo un enigma por qué, una tras otra, sus relaciones parecen obcecarse en ese mismo guion de fracaso. Y la respuesta podría ser bien sencilla: la pasión, después de la fase de enamoramiento, no es gratis. Hay que trabajarla, y mucho. Echando una mirada a las estadísticas de divorcios y sucesivos fracasos de pareja, se impone la sospecha de que la monogamia tradicional podría haber entrado en una crisis definitiva. La pregunta es “¿por qué?”. La segunda pregunta es: “y, llegado el caso, ¿qué alternativas se ofrecen a la monogamia tradicional?”.


Crisis de pareja y la biología del deseo

De lo que venimos a hablar hoy es de lo que, en algún lugar, definía como MRAM (Modelos Relacionales Alternativos a la Monogamia). Antes de entrar a hablar de estos modelos, entiendo que tenemos más que asumido que somos adictos a la novedad y enemigos acérrimos de la rutina, y que lo único que hace soportable la repetibilidad es esa apacible sensación de seguridad que proporciona lo que insiste en presentársenos a diario como garantía de continuidad. La pareja se pretende una de esas certezas básicas (como la salida del sol cada mañana, o que a la llegada a mi puesto de trabajo mi empresa continuará con las puertas abiertas) que evitan que la Vida se convierta en una montaña rusa de sobresaltos y constante reinvención. Sin embargo, con el paso del tiempo, raro es el día que no fantaseamos con un puesto de trabajo mejor o con los vecinos sexis de al lado, y durante unos instantes, la seguridad y las garantías se nos antojan grilletes que nos impiden volar.

El papel de la dopamina en las relaciones

Una de las principales culpables de esa sensación de estancamiento es la dopamina, la hormona que nos hace repetir aquellas conductas que nos aportan sensación de bienestar. Lo malo de la dopamina es que cada vez necesitamos mayores dosis para que siga teniendo el mismo efecto, y que lo que se repite a diario pierde poder para suministrar esas dosis frente a la novedad. Por eso nuestra pareja se las tiene que ingeniar de continuo para aportar sorpresa, cambio, imprevisibilidad positiva, seducción, lencería, cenas, viajes, cambios de mobiliario, nuevos proyectos… mientras nuestros vecinos sexis parecen ir sobrados de aporte de dopamina. Su simple presencia consigue ese efecto con una eficacia asombrosa.


¿Por qué buscamos la novedad? Del intercambio de parejas al poliamor

¿Por qué vamos a un club swinger, a tiendas de lencería erótica, a espectáculos subidos de tono? ¿Por qué vemos porno, o vamos a playas nudistas, o espiamos detrás de las ventanas? Parece que necesitamos un chute diario de novedad para hacer soportable tanta seguridad. Las fantasías eróticas cumplen esa función, entre otras, de huida de una seguridad que puede llegar a resultar asfixiante. Y es que sentirnos seguros a veces no basta. Nuestra devoción por la infidelidad, por la cana al aire, por la introducción de morbo en nuestra relación o por la presencia de nuevos personajes en nuestra familiar trama cotidiana nos recuerda a gritos que los mismos dos de la pareja quizá ya no son suficientes salvo que se introduzcan variables en ese guion que es la consabida monogamia.

El trío, el intercambio de parejas, la posibilidad de abrir la pareja, el poliamor, la anarquía relacional… Todo ello reclama novedad cada vez con menos complejos. Es lo que llamo “permeabilizar la pareja”: dar paso a nuevas pieles, nuevas posturas, nuevas olores, nuevas prácticas; variabilizar, en suma, nuestra herencia de condenados a un siempre mismo plato.


Prácticas para permeabilizar la relación y mantener la pasión

Hay parejas, las que suelo llamar “lujuriosas”, cuyo esfuerzo por innovar e introducir sofisticados y exóticos aderezos a aquel siempre mismo plato parece no tener límite. El BDSM, los juegos de Rol, el porno Couple Friendly, los paseos por el cruising y el dogging, el cross-dressing, la fotografía erótica, el sexting… Proliferan las prácticas que, en forma de gerundio anglosajón, piden a gritos nuevas emociones cuando parece que la pareja monógama tradicional (el par, el equipo de dos-y-basta de toda la vida) empieza a quedarse corta.


Conclusión: El futuro de los vínculos afectivos

En cualquier caso, el nuevo escenario abre ese debate con el que encabezamos este artículo: “¿Qué hacemos con la monogamia?”. ¿Damos por finiquitada la idea de lo mono- y reconvertimos lo par a múltiples combinaciones numéricas, o permeabilizamos la pareja para dar cabida a visitas ocasionales a y de terceros en nuestras memorias conyugales?

Fascinante reflexión y propuesta de sobremesa (o de sobrecama) para la que se me antoja como título “la noche de la monogamia cuestionada”. A veces, basta con que surja la mera posibilidad en una conversación picante para que la vida conyugal dé un vuelco mientras espera la llegada de esa travesura a dos voces. Y es que al final, cualquier propuesta de relación que coarte la libertad de exploración de la propia sexualidad a cualquiera de sus componentes parece inexorablemente condenada al fracaso. Amar es, también, saber dar cuerda al deseo del otro, querid@s monógam@s.

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